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dmolinero

dmolinero   , 30

from Madrid

Un aniversario de la muerte de un ser querido no suele ser la mejor manera de introducir una historia, pero la persona en cuestión escapa a los cánones tradicionales.

Mi abuelo, el recordado, era una persona querida por todos los que tuvieron la ocasión de encontrarse con él en algún tramo de su vida. La convocatoria a sus memoriales anuales lo atestigua, ya que, con un sencillo anuncio en un diario local, mi abuela consiguió que una gran cantidad de gente se acercara a la ceremonia. Mi abuela, una nona atípica, de una alegría eterna y un anhelo evidente por morder el hueso de la vida, estaba en mejor estado de ánimo del que yo esperaba al llegar a visitarla.

La sensibilidad por una fecha tan especial la había afectado, sin duda, pero no había reducido un ápice su ingenio y mordacidad. Su humor negro se destacaba en frases como "mi esqueleto preferido", "el morto qui parla" y comentarios varios que aludían al estado bastante trágico en el que se encontraba mi nonno. Pero lo que más recuerdo de mi abuela en esas épocas es como mantenía a mi abuelo en el rol de hombre de la casa. Su dignidad nunca fue invadida y como soberano caballero de tres mujeres murió en paz y proyectando un viaje a Suiza o Brasil.

Intuyo que la casa de los abuelos, de cualquier par de abuelos, tiene un halo de misticismo particular para cualquier chico, que se disipa lentamente a medida que uno regresa año tras año y la ve desde distintos puntos de vista (más adultos, mas aburridos, miopes, etc.).

Y sin embargo, esta casa, con su parque bordeando el lago, con su fuerte aroma a bosque, con su constante e imborrable coloración de ensueño, vuelve a mi cuando estoy lejos de ella, se mantiene perenne, como un puente invisible entre mi infancia y este presente de adolescente que está dejando rápidamente de serlo.

Esta es una zona de relajamiento, de disociación con el frenesí citadino, que parece ridículo e insensato si se lo analiza estando sentada al lado de este perfecto espejo de agua. Me dejo ir y siento claramente como mi medio ambiente rutinario se disipa sin remedio, y la realidad deseable me envuelve, como siempre que regreso a este refugio sureño.

Como pájaro vuela a su nido al final de la travesía, todos los años vuelvo al lugar que para mi agrado yo elegí. No se me impuso, no fue un hecho fortuito. No, este lugar fue mío desde el momento en que pisé su suelo árido lleno de cardos y un matorral en donde hoy se encuentra una casa a la cual solo le faltan los leones para ser igual a la de los Beverly Ricos.

El encuentro con amigas, antiguas amigas de las que no sabia desde hace años me sorprendió. Parecían haberse enterado de mi visita y se habían acercado. Entre los rostros que empezaba a reconocer distinguí claramente uno entre el resto. Un rostro más adulto, pero reconocible: Marcos.

Marcos, uno de mis primeros amores, fugaz como solo un verano puede serlo, permanente en la memoria táctil porque, al verlo, al conversar con él, al interactuar con un hombre con el que cruzamos calores y sensaciones tres años atrás, cuando yo tenía sólo dieciséis años, mi piel traduce recuerdos en tibieza, en deseos de rememorar una impresión, un contacto.

Ese sábado no se separó de mí. Me hizo reír, me cuidó, me mimó como descubrí que estaba necesitando. Siempre me fascinó la gente que puede hacerme reír, que sabe hacerme sentir bien.

Por la noche de ese mismo sábado sentí que necesitaba algo mas que risas y bienestar… la ausencia de Juli se hacia notar, y en mi cama parecía haber un hueco frío a mi lado. Un hueco que mi chica sabría llenar tan sabiamente… ella o Marcos. También Marcos podría estar acá en este momento, complementando su buen humor con caricias que mi interior está pidiendo. Si tan solo tuviese cerca sus manos acariciando mis piernas… mi torso… mi espalda, mis pechos… Mis dedos recorrieron con suavidad mi vientre, la cara interna de mis muslos tersos, mi intimidad, pero ya no pensaba en mi novia.

Sin poder evitarlo – y sin desear evitarlo – me descubrí pensando en Marcos, deseando su proximidad.

Cuando me llamó el domingo dije "sí" mentalmente a su propuesta de salir incluso antes que él la formulara. Realmente tenia ganas de verlo otra vez. Vi a mi abuela muy bien, pero como buena hija única me remordía la culpa de dejarla sola. No sabía si decirle que saldría o si debía quedarme a contemplarla y apoyarla. Me sentí una egoísta embebida cuando sin pensar más acepté. A pesar de la edad y de la inocencia que guarda de otras épocas en donde a bailar se iba en familia, mi abuela no era tonta y me dijo que fuera pero que me cuidara. Me alivió cuando me abrazó y me dijo con esa vos italo-argentina, mezcla de nonna protectora y autoritaria, mezcla de educadora obtenida en su crianza y mal-educadora moderna del siglo XXI

Hay cierta excitación adicional en el reencuentro con una antigua pareja que, además, cambió físicamente para mejor. Marcos estaba más alto, musculoso y con una barbita incipiente.

Me atrapó la idea de volver a compartir momentos juntos, aunque sea por poco tiempo. Eso pensaba... hasta que lo vi llegar con un amigo y dos chicas. La intimidad se había acabado incluso antes de comenzar.

El día pasó entre esquí, ropa de abrigo arrugada del invierno anterior y un atardecer en una confitería. Ahí Marcos se puso tierno y, después de algunas caricias solapadas, comenzó a besarme.

Me sorprendió, aunque no tanto, había estado cariñoso todo el día. Lo que sí me llamo la atención fue cuando vi a las otras dos chicas besándose, y al otro flaco como simple espectador. Un triste espectáculo contemplar a un quinto en discordia quien, además, no sabe disimular su malestar por no poder participar en ninguno de los dos duetos vecinos. Finalmente se fue, sin poder ocultar su bronca estúpida..

Los besos me motivaron bastante, y me recordaron mis sueños húmedos de la noche anterior. Me deje llevar de la mano y noté que íbamos en dirección a la casa de Marcos. Cuando llegamos, las chicas quisieron subir, pero Marcos les dijo que no. Parecieron desilusionadas, mientras yo me preguntaba por qué un chico joven se estaba negando a una cama de cuatro, con todo lo que eso implicaba.

Me olvidé de mis preguntas con los primeros tragos del chocolate caliente que Marcos me sirvió. Mientras sostenía el enorme tazón con las dos manos, sentí el contacto de sus manos en mis piernas, acariciando suavemente, arriba y abajo. Sentado a mi lado me miraba con mitad expresión de asombro y mitad de un amor recluido por esos años. Juntos, muy juntos disfrutamos del calor de nuestros cuerpos desnudos, un aroma de chocolate mezclado con el mejor afrodisíaco, el deseo.

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El placer nubla algunos momentos, breves pausas entre el desear encontrarse desnudo y el realmente estarlo. Cuando volví de mi mareo inicial mis pantalones arrugados, mi buzo y mi remera eran un recuerdo, un detalle apartado para dejar en evidencia mi ropa interior, y mi piel debajo de ella, objeto de deliciosas caricias por parte de Marcos.

Besar, morder suavemente, acariciar y corresponder… todo como un solo movimiento, una sola respiración entrecortada… el gozar que deriva en gemidos, que se confunde con suspiros agitados y palabras de aliento. Los brazos fuertes de Marcos, que me abrazaban con dureza, con firmeza, bastaron para que me relajara de modo inmediato, dispuesta a dejarme dominar enteramente por las sensaciones que ese cuerpo tan vecino, próximo, ese cuerpo que ya casi era el mío, estaba despertando.

Manos decididas me recostaron sobre la alfombra invitadora, ubicada al lado de la chimenea crepitante. Mi tanga desapareció, y el paseo de unos dedos hábiles se hizo presente. Los dedos y una lengua visitante hicieron estremecer mi intimidad, provocando que levantara la pelvis instintivamente, buscando profundizar el contacto. Pero el intruso sabía bien lo que hacía y, en lugar de dedicarse directamente al punto sensible, trabajó con paciencia por mis muslos, mi vientre, besando, mordiendo suavemente, lamiendo y acariciando. Cuando no pude más pase mis dedos, acariciando su pelo y dirigiéndolo hacia mi cavidad… a lo cual hizo caso, comenzando a someter a mis labios vaginales a una tortura explosiva de placer. Cada captura de mis labios en sus labios, una locura; su lengua pasando una y otra vez por mi clítoris, transmitiendo espasmos sensuales que recorrieron todo mi cuerpo… un orgasmo como inicio de otros que se sumaron al primero en una sucesión gloriosa. Un huracán indescriptible que no tuvo indicios de contenerse se desarrollaba en nuestros cuerpos deseosos de más placeres.

Al cabo de un tiempo (infinitud que no conoce minutos, solo habla de placeres incontables), sentí su boca en mis pechos, a lo que respondí torciendo mi cuerpo hacia arriba mientras dejaba escapar un suspiro largo y trémulo. Cuando llegó a mi cuello, note la punta de su virilidad pugnando por entrar en mí. Abrí mis piernas, recibiéndolo, mientras con mis manos empujé desde sus nalgas hacia mi… la urgencia se hacia presente, quería tenerlo totalmente dentro mío. Lo percibí entrando centímetro a centímetro, disfrutando los dos de cada instante, hasta que me sentí llena de él, de mí, de los dos. El vaivén de sus caderas se unió a mis gritos de placer, mientras mis propias caderas giraban para fortalecer el contacto, aumentar la fricción salvaje, hasta que mis propios jugos y los suyos marcaban un golpeteo firme y sonoro cada vez que nuestras pelvis ansiosas se encontraban. Cada vez más veloz, Marcos me desquiciaba con sus movimientos acelerados, mientras mi vulva agradecida se contraía contra su miembro rígido como si de una extremidad con dedos se tratase. Crucé sus caderas con mis piernas, estaba cerca de mi orgasmo y quería sentirlo a pleno. Cuando lo sentí llegar, cuando vi puras formas de caprichoso calidoscopio, formas brillantes que solo pueden ser explicadas por la ausencia de detalles, me relajé, totalmente agotada, contra la alfombra. El ritmo incansable de Marcos hizo que él también llegara a los pocos minutos a su propio éxtasis, mientras yo lo besaba en su cuello, en sus labios, agradeciéndole con caricias por tanto disfrute.

En ese primer instante que sigue al largo placer de los primeros orgasmos, en esa mezcla de cansancio, adormecimiento de las piernas y brazos y miradas de pasión mi mente se nubló. Pensé en Julieta, en Marcos, en otro amor perdido que dejé en Buenos Aires y en como el corazón puede desarmarse para contemplar nuevas sensaciones sin el menor remordimiento. Solo personas que entienden el amor como un sentimiento divino digno de vivir y no de sufrir entenderán que el amor que le procuré a Marcos no fue temporal ni tampoco un momento para los anuales de Sex and the City.

La noche se extendió en capítulos de iguales y mayores sensaciones. La previsión de llegar temprano a mi casa desapareció cuando me di cuenta eran cerca de las siete de la mañana, pero no me importó en absoluto. Una semana de recuerdos, sensualidad, memoria carnal y ansiedades concretas había comenzado.